LA
MUERTE DE UN GRANDE: MURIO AYER EN SALTA. MAÑANA HUBIERA
CUMPLIDO 83 AÑOS
El Cuchi
Leguizamón, un musiquero genial e irreverente
Fue una
figura capital de la música argentina, autor de zambas,
chacareras y vidalas de una belleza incomparable
Nunca abandonó Salta, la
provincia donde nació y de cuyo paisaje formaba parte
Hijo de una familia
aristocrática, sobre el final no le alcanzaba el dinero para
arreglar su piano oxidado
Por
JORGE EZEQUIEL SANCHEZ. De la Redacción de Clarín
Una penosa enfermedad
puso fin a su vida ayer, a las cinco de la tarde. Gustavo El
Cuchi Leguizamón leía al Che Guevara en el exclusivo Club 20 de
Febrero de Salta en plena dictadura, y bastante después, opinó
que a Menem "hay que tomárselo en broma". Nacido en Salta el 29
de setiembre de 1917 (mañana hubiera cumplido 83) El Cuchi fue
poeta, músico, compositor, abogado penalista, defensor de pobres
por sentimiento, y profesor de historia, literatura y filosofía.
También un polemista filoso, capaz de decir más en serio que en
broma que todos los males argentinos se deben a que "este país
se ha amariconado, y no se puede ser traidor con el sexo".
Casado con Ema Palermo, padre de tres varones y una mujer,
Leguizamón es autor de más de ochocientas obras, incluyendo
piezas inolvidables como Corazonando, La Pomeña,
Zamba del silbador, Carnavalito del duende,
Zamba del laurel, Elogio del viento, Balderrama,
Lloraré, Zamba de Juan panadero, Coplas del
regreso, Zamba del guitarrero. Orquestador del
memorable Dúo Salteño (ver La riqueza de...), además de
sus propias letras, musicalizó los poemas de su entrañable amigo
Manuel J. Castilla, pero también los de César Perdiguero, Luis
Franco, Jaime Dávalos y Armando Tejada Gómez.
Este hombre a quien ya anciano no le alcanzaba la plata que
cobraba por derechos de autor para arreglar su piano oxidado
tenía una prosapia que lo marcó.
Una de sus bisabuelas, Martina Silva de Gurruchaga, criolla de
hacha y tiza que peleó en la Batalla de Salta, embaucaba a los
pretendientes de sus hijas con su exquisito dulce de leche
casero. Su marido, José María Todd, era un hombre fuerte de la
región que, recomendado por su tío, el general Arenales, había
sido ayudante del Manco Paz y llegó a teniente primero. Urquiza
le ofreció los despachos de coronel, y Todd los rechazó
indignado: "¿Cómo voy a mixturar charreteras ganadas con sangre
y charreteras pegadas con moco?".
Una vez, cuando Todd debía ausentarse de la comarca, los Uriburu
le prepararon una revuelta. Entonces, y hasta su regreso, nombró
gobernador interino al Señor del Milagro, y en esos días nadie
se atrevió a robar ni una gallina. Juan Martín Leguizamón, su
abuelo, desoyó los consejos de su propio padre sobre las
propiedades embelesantes del dulce de leche y se casó así con
Emilia Todd Gurruchaga.
Hijo de un contador fanático de la ópera y de una mujer que
heredó la costumbre de silbarles a los pájaros para que la
siguieran, Leguizamón es un arquetipo al que reverenciaron
los ricos y los pobres, la izquierda y la derecha, el
apetito y las ganas de comer. Pero, ¿cuál fue el secreto de esta
magia? La respuesta, acaso se pueda rastrear en su propia
historia.
Aquella delgadez
Tenía meses apenas y a su madre le preocupaba su delgadez. Fue
en esa época que le ofrecieron unos chanchos para ver si podía
comprarlos. "¡Pero están flacos como este cuchi!", regateó
mirando a su hijo. En ese instante Leguizamón quedó rebautizado:
desde entonces y para todos sería El Cuchi, vocablo que
en quechua quiere decir precisamente chancho, pero al que
en Salta se le otorga un significado no peyorativo sino
simpáticamente cómplice.
Como padecía de sarampión, a los dos años su padre le regaló una
quena, con lo cual lo hizo musiquero antes casi de que
aprendiera a hablar. Su familia menta que pronto le arrancaba al
instrumento El barbero de Sevilla casi íntegro. Después,
siempre de oído, la emprendería con la guitarra y el bombo,
hasta que recaló en el piano. Cuando tenía veinte años y debía
resolver su futuro, ya era músico. Le comunicó a su padre que
iba a estudiar Derecho, y el hombre se encrespó. Su idea era que
fuera a París para perfeccionarse. El le giraría la mensualidad.
El Cuchi, que se deleitaba con tener una historia al revés de
los convencionalismos, no hizo caso y marchó a La Plata,
donde en 1945 obtuvo el título de abogado. No olvidaría jamás
aquella estudiantina que lo llevaba a Buenos Aires a recalar en
El Olimpo, un tugurio del Bajo donde se jugaba ajedrez. Allí
conoció a Witold Gombrowicz, al que descubrió con unos botines
rotosos pero inmensos. "El único que puede tener patas de ese
tamaño —maquinó— es Ariel Ramírez". Y acertó, porque Ramírez le
había regalado los zapatos al polaco.
Cantó con el coro universitario, jugó rugby y después ejerció
treinta años la abogacía, hasta que decidió "dejar de vivir de
la discordia humana y vivir de la alegría", como había querido
su padre. En los cuarenta, cuanto tenía algo más de 25 años,
trenzó una amistad entrañable con el poeta Manuel J.
Castilla, el hijo del jefe de la estación de Cerrillos, a quien
en una de sus obras mayores le diría: "Padre, ya no hay nadie en
la boletería...".
Más que amigos, El Cuchi y Castilla fueron cómplices. Cuando el
zoológico de Salta cerró, a uno de los empleados lo indemnizaron
con un león desdentado, que coqueaba y movía la cola como un
perro. Leguizamón, Castilla y otros duendes de noches que
ni el amanecer clausuraba decidieron proveer de aparato
masticatorio al animal, y la idea fue hurtarle la dentadura
postiza al cura de Cerrillos. Fue el clérigo entonces el que se
convirtió en un león, ya que no podía rezar misa sin dientes, y
hubo que devolver el implemento.
Al Cuchi, en fin, muchas veces con letra de Castilla, la música
argentina, la universal en verdad, le debe zambas, chacareras,
carnavalitos, vidalas inolvidables en las que habitan el amor,
la tragedia, la miseria, el sarcasmo, la ternura.
Era un enamorado de la baguala ("Toda gran zamba encierra una
baguala dormida: la baguala es un centro musical geopolítico de
mi obra") pero también de Bach, Mahler, Ravel, Stravinsky,
Schönberg y sobre todo de Beethoven, al que definió con
sabiduría como "definitivo".
Pero no se quedó ahí. También admiró a otro genio argentino,
Enrique Villegas, y a Chico Buarque, Milton Nascimento, Vinicius
("Las corrientes de música popular americana más importantes
están en Brasil") y Ellington. Capaz de organizar en Salta
primero y en Tucumán más tarde conciertos de campanarios
(literalmente, pues el sonido lo proveían los bronces de las
iglesias), es cierto que Leguizamón saltó sobre el pentagrama y
pulsó cuerdas, digitó teclados, sopló en maderas, cobres y
cuernos, como se escribió alguna vez, a pura oreja. La prueba es
que intentó también un concierto de locomotoras,
fascinado por "ese instrumento musical maravilloso que tiene
fácilmente dieciocho escapes de gas que son sonidos y un pito
con el cual se pueden hacer maravillas, por no contar su misma
marcha". Al principio —hasta hizo fundir una quena para
agregarla a la máquina—, los ferroviarios lo miraban como a un
bicho raro. Después se entusiasmaron. Los maquinistas lo
saludaban con el saludo sonoro de la locomotora, que además le
enseñaron a plasmar.
Pelearle a la vida
En tiempos de Arturo Illia, El Cuchi fue diputado provincial
extrapartidario y en tiempos del gobernador peronista de Salta
Roberto Romero, asesor cultural de la provincia. Fue entonces
cuando embistió con mayor fiereza contra una burocracia sorda
que impedía importar pianos y protagonizó en la Legislatura
debates memorables para propender al descongelamiento
cerebral. Capaz de respetar a Churchill tanto cuanto despreciaba
a Thatcher, Malvinas fue para él una herida abierta pero no
ciega, porque supo adjudicar responsabilidades cuando se
preguntó por qué fuimos y no peleamos.
Impensable en Buenos Aires, Leguizamón —que mascaba hojas de
coca, y defendía la costumbre— fue parte del paisaje de Salta, a
la que amó profundamente, desde los olores de sus yuyos secos
hasta el aire que viene de la quebrada Escondida por la cual
Belgrano sorprendió a los españoles.
Profundo conocedor de los animales, enseñó: "El gato al que
tanto admiran los gimnastas, cuando está echado se relaja: por
eso no necesita entrenarse. La llama es un animal mucho más
inteligente que el gato: relaja andando; es un animal que danza
desarrollando ritmos".
Se desvivía por los filósofos de la Grecia antigua que, como él,
salían a caminar mientras reflexionaban y gozaban del clima, y
después se burlaba: "Yo siempre ando distraído, silbando,
pensando cosas en la calle; los entendidos dicen que estamos
confundiendo a Salta con Atenas y que andamos queriendo aquí
otra colonia peripatética".
Este hombre al que le encantaba escudriñar el cielo, erudito de
la cocina criolla y la antropología, amó a las mujeres de una
manera que erizaría los pelos de una feminista: "Las mujeres del
artista tienen que ser santas de la vida, es decir, grandes
aristócratas o maravillosas mujeres del pueblo", ésas que según
él engualichan con la comida como preludio de un sueño
que no es tal sino otra cosa.
Defensor a ultranza de la cultura popular y de su sujeto y
objeto ("¿Cómo podés matar de hambre a la gente y pensar que hay
que pisar los cadáveres de los sumergidos para que la patria
financiera no se despeine?") este místico irónico y dulcemente
perdulario que reía con sus propias mentiras y sobresaltaba con
sus risotadas, padecía un astigmatismo crónico que no le impidió
escudriñar desde la Pachamama la idea de Dios.
Por eso, acaso, escribió: "Pobrecito Tata Dios / siempre solito
y ausente / se moriría de aburrido / si no fuera por la gente. /
Pobrecito Tata Dios / administrando perjuicios / pobreza, muerte
y olvido / la pucha con el oficio. / Pobrecito Tata Dios / ni
siquiera cantar sabe / sin sentimiento ni sueño / no tiene Dios
que lo ampare. / Pobrecito Tata Dios / cuándo aprenderá a ser
gaucho / qué sabrá el pobre de amores / sin mujer y sin caballo.
/ Pobrecito Tata Dios / no le queda un solo amigo / siempre
rodeado de adulones / que van a chu parle el vino".
Es algo que El Cuchi no perdonaba, pues hasta le escribió una
canción de cuna: "Si el vino me ha dormido tantas veces, es
justo que yo lo acune alguna vez".
Fuente